“Aunque el CD aún no cae del todo a la lona –de que cae, cae, pero aún sus volúmenes de fabricación y venta superan en varias centenas de veces a los del vinilo, estadísticas que imposibilitan comparar ambos formatos-, se ha transformado en un objeto que yace más en repisas empolvadas que en la calle, ó en reproductores ó radios de autos”, por Felipe del Río. Imagen por Felipe Raveau. Publicada en El Dínamo.

El llamado revival del vinilo no es una moda ni una segunda juventud del formato, es una suerte de hábitat natural en busca de especies perdidas.

A finales de los 80, la industria discográfica y las multinacionales tecnológicas decidieron desterrar del mercado musical al disco de vinilo y al cassette, bajo la promesa de una mejor calidad de sonido y nitidez a través del CD.

Los consumidores nos encandilamos con el brillo y la transportabilidad de un objeto bastante menor en tamaño a las 12, 10 y 7 pulgadas de los vinilos estándar más comercializados -LPs, EPs y singles promocionales, respectivamente-, y muy superior al cassette en sofisticación y claridad auditiva.

El nuevo formato supondría un adelanto tecnológico incomparable en cuanto a calidad de sonido, versatilidad de uso y durabilidad, porque –como se aseguraba- el material con el que se fabricaba era más resistente que el vinilo y, por lo tanto, no sufriría rayaduras (algo que cualquier usuario actual de CD podría descartar de plano); ello sin olvidar que nos ahorraría la incomodidad de tener que cambiar la cara del disco cada 15 ó 20 minutos.

El CD, en definitiva, transformaría la experiencia de escuchar música, transportándola a la era digital y, para alegría de unos y pena de otros, dejaría atrás la calidez y dulzor del sonido en vinilo, relegándolo a la exclusividad de las tiendas especializadas y al olvido.

Pero la historia siempre da vueltas. De un click al mentón, la llegada de Internet remeció prácticamente todos los ámbitos de la vida como era conocida a finales de los 90, incluyendo la robusta industria discográfica existente, multimillonaria como nunca antes en su historia.

Quienes por años privaron de sus derechos y manipularon a artistas y bandas sufrían una vuelta de mano tan brutal como sus políticas de empresa, y se convertían en organizaciones demandantes intentando enjuiciar al mundo entero por bajar canciones desde el ciberespacio.

Entre toda esta pelotera, estas mismas canciones que tanto queremos, se quedaron de paso sin casa, desalojadas de su lugar de origen: primero del vinilo, luego del cassette y más tarde del CD.

Condenadas a vagar en el ciberespacio. Excelente para la difusión de nuevas bandas y experimentos musicales de todo tipo, pero no tan bueno para los cientos de viejas canciones que cobraron vida en nuestra memoria y que se apoderaron de nuestras emociones en un minuto determinado de nuestras vidas, para bien ó para mal. Más de alguna exigiría más respeto.

Aunque el CD aún no cae del todo a la lona –de que cae, cae, pero aún sus volúmenes de fabricación y venta superan en varias centenas de veces a los del vinilo, estadísticas que imposibilitan comparar ambos formatos-, se ha transformado en un objeto que yace más en repisas empolvadas que en la calle, ó en reproductores ó radios de autos.

Ya ha sido irreversiblemente exportado a MP3 para tener portabilidad y estar en la red. El vinilo, por su parte, deberá batallar con ser considerado un objeto de culto ó para coleccionistas, y su exclusividad será uno de los obstáculos más difíciles de superar en su camino a ser una alternativa accesible para artistas, bandas y consumidores.

La inestabilidad actual de los formatos físicos ha permitido al vinilo desempolvar sus atributos como albergue de canciones por excelencia: grande, objetual, de impecable sonido y durable en el tiempo. No transportable, fijo. Que te remite a un lugar y a no volar por el aire como sólo una señal.