“Si el espacio radioeléctrico es la cancha, y la cancha es de todos nosotros, ¿por qué no podemos hacer volar nuestras ondas a través de él? ¿Por qué debemos pedir permiso, el favor, hacer la genuflexión, a quienes lo administran gracias a nuestra concesión?”, por Cristóbal Dumay y Matías Camus. Imagen por Felipe Raveau. Publicada en El Dínamo.

 

El espacio radioeléctrico, ese lugar por dónde las ondas radiales vuelan sobre nuestras cabezas, es propiedad del Estado de Chile, por ende: propiedad de todos aquellos a los que nos tocó nacer en esta tierra.

Desde este punto de vista, la radio nos pertenece a todos, sin excepción. A pesar de esto, esta realidad tan categórica, en la práctica, no se nota mucho.

Pero más allá de intentar entender cómo se mueve el negocio de la radio, hablemos de música: ¿Sabía usted que una persona –sólo una– decide qué canción va a sonar en cada una de las once radios que son “propiedad” de ese consorcio extranjero que domina el dial?

Así funciona la máquina, usted se encuentra bajo la opresión de una verdadera dictadura radial, aunque no lo note. Y a no olvidarlo, por medio de un bien que, de alguna u otra forma, le pertenece.

La música que programan las radios locales, inevitablemente, pasa por el criterio de un grupo reducido de personas, incluso –a veces– por el criterio de sólo ¡una!, tal como ocurre en el caso del consorcio radial más grande de Chile. Uno esperaría que lo interesante de todo esto fuera que las radios, al menos, fuesen propositivas y se atrevieran a transformar canciones made in Chile en hits. Un hit, que sea. Y se puede. Ha ocurrido. Incluso por cansancio y repetición ha habido temas que gracias a la radio han devenido en single.

En la década de los noventa ocurría. En parte, por una vocación más altruista de los programadores radiales. Una cierta dignidad del oficio, podríamos decir. Pero solo en parte: durante esa época la mayoría de las bandas locales tenían tras sus espaldas a los grandes sellos multinacionales que de seguro llegaban maletín en mano hasta las estaciones radiales.

Eso se acabó, usted ya lo sabe, y las bandas locales han dejado crecer sus uñas para hacer sonar las guitarras, pues las radios han cerrado sus puertas a los pequeños sellos independientes. O, para ser justos con esas honrosas excepciones –saludos a la bandera sería otro buen nombre–, las entreabren en silencio y en horarios marginales.

Iniciativas para hacer algo al respecto, si bien torpes, han surgido. La más conocida fue la atolondrada propuesta del diputado Enrique Estay –el mismo que se descontroló cuando parlamentarios de la oposición colgaron una bandera en el Congreso–, que aunque populista y todo (hizo la propuesta a poco del 18 de septiembre), al menos logró poner el tema sobre la mesa. Su propuesta, en lo medular, consiste en exigir que las radios locales cumplan con un 20% de música nacional en su parrilla. Pero, como casi siempre, finalmente con esta intención no pasó mucho. Más bien nada, al menos por ahora.

Hoy Chile está en la calle intentando recuperar la educación. Los actores salieron a exigir de los canales de televisión lo que les pertenecía. Violeta Parra conquistó o demostró una vez más el lugar que ocupa en la identidad nacional el poder de nuestra música y arte local.

Si el espacio radioeléctrico es la cancha, y la cancha es de todos nosotros, ¿por qué no podemos hacer volar nuestras ondas a través de él? ¿Por qué debemos pedir permiso, el favor, hacer la genuflexión, a quienes lo administran gracias a nuestra concesión?

Es cierto, tenemos Internet, tenemos Youtube, pero se trata de nosotros, de todos nosotros y de lo que es nuestro. No de lo que es suyo o de lo que es mío. Quizás Chile necesita su radio. Su TVN, al menos. Con parrilla regional, local, comunitaria.

Y ojo, que la idea no es llegar a utilizar la métodos que utilizó Tuff Gong, el sello de Bob Marley en Jamaica: enviar a un grupo de matones a las radios para que amenacen a los Dj’s que no quieran pasar sus discos.

Quizás los músicos necesitamos protestar juntos. Quizás la radio necesita recuperar su dignidad. Todos los que amamos desde siempre al medio de comunicación más querido y cercano tenemos la responsabilidad de recuperarlo. Para los que vienen.