El enemigo es más claro y frente a eso es más fácil definirse uno mismo o definir los actuares y los pensamientos. Nos percatamos entonces que Chile sigue siendo un país sumamente polarizado, donde las diferencias políticas siguen siendo las mismas, en un contexto algo distinto, pero las mismas y, al fin y al cabo, la historia persiste y los típicos comentarios que intentan negar el pasado carecen de sustento alguno. Por Luciano Mariño. Ilustración, Felipe Raveau.  Publicada en El Dínamo.

 

 

Para la presente columna me propusieron que hablase de la supuesta reducción de horas de clases de música en el currículum escolar que planteara el gobierno la semana pasada. Aunque finalmente no quedó tan claro si la reducción era o no tan cierta, el tema sacó ronchas y produjo una reacción airada de muchas personas quienes encontraban inaudito e impresentable que se pudiese tomar una medida de ese tipo.

Por mi parte, no me horroricé ni sobresalté tanto como muchos, a pesar que el mero planteamiento de una posible reducción de horas me parece bastante grave, creo que de todos modos el tema no pasa por más o menos horas de música en la escuela, sino por la calidad de estas clases, que, para ser sinceros, siempre han sido y son, en la gran mayoría de los casos salvo honrosas excepciones, una porquería. Esto ya sucedía en mis tiempos escolares y mucho no ha cambiado al día de hoy.

En ese entonces la única manera para aprender bien de música venía dada desde la casa, el barrio y los amigos. El verdadero gusto por la música se revela desde ahí y para aprender a tocar algo hay que tener algún profesor particular y/o ser autodidacta y juntarse con algún amigo a retroalimentarse.

Se trata de un problema que no es particular a la música, el problema de la educación es global, estructural y social y atañe a todas las áreas del conocimiento. No se arregla simplemente con más o menos horas, aunque obviamente que eliminarlas solo acrecienta el problema y sería tan grave como si quitaran horas de gimnasia o de matemáticas o de historia y ciencias sociales (como ya se planteó en el pasado).

El tema es gigantesco y profundo y parte de esto lo hemos visto planteado en las extensas movilizaciones y luchas que se han dado este año, se necesita una reestructuración, un cambio de paradigma donde la educación no sea un bastión de coerción y enajenamiento sino un espacio de conocimiento y crítica del pensamiento libre y amplio y que entregue las herramientas para desarrollar estas habilidades.

A pesar que lo anterior suena medio panfletario el fondo es que cuando se habla de “educación integral”, concepto central en todas las políticas y discursos y bla blas sobre educación, muchas veces cae en el facilismo de entender la cantidad de horas de cada asignatura como el indicador más importante a la hora de medir dicha integralidad.

Además, tanto respecto del aprendizaje de la música cómo de otras áreas del conocimiento, no toda enseñanza puede depender del colegio o de las instituciones del Estado. Frente a esta materia existe una responsabilidad que debemos asumir como personas: la responsabilidad de comprometerse con el aprendizaje y de traspasar este compromiso y entusiasmo al resto, de entender la necesidad de aprender y tomar conciencia frente a esto.

Y esto es parte de lo que puede ser considerado para nuestros efectos la “integralidad de la educación”, el asumir un rol activo en ella para nosotros, nuestras familias y nuestros pares.

Y en este sentido tengo algunas pequeñas observaciones con la columna anterior, en cuanto se pone un fuerte énfasis en la radio como vehículo y soporte para la música. En parte lo es, pero no es todo. Así mismo los colegios, son las instituciones consagradas a impartir educación, es un deber del Estado hacerlo y procurar la mejor educación posible con el fin de terminar con la ignorancia, la segregación y la falta de oportunidades.

Esto es en el papel, pero como se dijo en la misma columna, la realidad es muy diferente y las radios están controladas por intereses particulares, lo mismo sucede en la educación.

Chile vive por estos días tiempos extraños, convulsionados, de explosión y expresión social, de lucha y discusión. En gran parte son buenos tiempos. Recuerdo los días en que se decidía la presidencia del país. Piñera v/s Frei, a segunda vuelta. Muchos de los que hasta ese entonces nunca habían participado de procesos eleccionarios se inscribieron en los registros electorales para detener al monstruo Piñera, votarían entonces por Frei. Otros, por su parte, optaban por el camino contrario, votar por Piñera con la ilusión de un real cambio en la sociedad y en la conducción del país.

Al expresar mi opinión, diciendo que nunca votaría por Frei, fui inmediatamente tildado de facho. Es más, repliqué, creo que al país le va a hacer bien un gobierno de derecha, y ahí me cayeron con todo encima. Apelativos de todo tipo, ¡Inconsciente! ¡Inconsecuente! ¡Fascista!

Sin embargo, mantengo lo dicho, claro que le ha hecho bien al país y a todos nosotros que haya salido Piñera. Finalmente hemos visto cómo es cada persona en su verdadera dimensión, nos sacamos las máscaras y las contradicciones que tenemos como sociedad ahora están a flote.

El enemigo es más claro y frente a eso es más fácil definirse uno mismo o definir los actuares y los pensamientos. Nos percatamos entonces que Chile sigue siendo un país sumamente polarizado, donde las diferencias políticas siguen siendo las mismas, en un contexto algo distinto, pero las mismas y, al fin y al cabo, la historia persiste y los típicos comentarios que intentan negar el pasado carecen de sustento alguno.

¿Votar por Frei? ¿El que vendió el agua, el suelo, la luz y quién sabe a qué familiar y se sentó encima de todo un pueblo? Votar por él para qué, tan sólo para perpetuar un sistema en el que todos parecían estar cómodos en su ignorancia adormecedora, ojos que no ven corazón que no siente. Un quinto gobierno de la Concertación que habría aletargado aún más los procesos. Muchos parecían cómodos en eso.

Resultaba extraña entonces esa repentina conciencia política de los muchos que compraron un discurso sobre el peligro de un gobierno de derecha y la salvación que representaba la Concertación. Lo mismo que los arrepentidos votantes de Piñera. Pero eso es bueno porque a porrazos se aprende.

¿A qué voy con toda esta palabrería media incoherente y desordenada que he escrito? Al hecho que debemos hacernos cargo de lo que nos interesa. No podemos delegar en otros la responsabilidad. Para esto es necesario pensar críticamente, poner al frente y cuestionar todo, todo el tiempo, lo que sucede fuera y lo que hacemos nosotros internamente, no repetir ni asumir todo lo que a uno le han dado por cierto, ni hacer lo que el resto hace y seguir comportándonos como rebaño.

No somos borregos. Es difícil, en el camino uno comete miles de errores y muchas veces no tiene claro que hacer ni para donde ir, pero se puede.