“Miremos a nuestro alrededor: ¿dónde está nuestra música? Encerrada por ahí, guardada entre cuatro paredes. Es cierto, hemos visto esfuerzos de realizadores audiovisuales por rescatar –más difícil todavía aquí que en esas otras ciudades- algo de los pocos músicos callejeros que nos quedan por ahí. Pero no se trata de eso”, por Matías Camus. Ilustración por Sebastián Benson. Publicada en El Dínamo.

 


Hace unos días tuve la oportunidad de ver un muy buen documental en ARTV, titulado Playing for Change: Peace Through Music, de Mark Johnson y Jonathan Walls.

Como se describe en el sitio web del canal, se trata de un documental sobre músicos callejeros, cuyo desarrollo tomó una década de trabajo, y constituye la segunda entrega de los autores de un documental de este tipo.

Más allá de entrar a comentar el tremendo contenido que Johnson y Walls rescatan y ponen sobre relieve a través de la cinta –para lo cual simplemente recomendamos verla-, quisiera compartir una reflexión a propósito del contraste entre ese contenido y la realidad que presenta la capital de nuestro país (no podría referirme a otras ciudades de regiones con propiedad, aunque no es difícil anticipar alguna similitud): el casi completo abandono y renuncia a la presencia de música popular en nuestros espacios públicos cotidianos.

Tras ver cómo en Nueva Orleans, los músicos callejeros se jactan de ser sucesores de la tradición más antigua de la música popular norteamericana, concebida, nacida y criada en las calles de esa ciudad, y ver también cómo esa misma ciudad parece honrar y rendir tributo a esos músicos cuyo público no es otro que el ciudadano de a pie, fortuito y casual, la superioridad cultural se hace evidente.

Así también, se da en otras ciudades, cada una con un espíritu y ambiente musical callejero diferente: Barcelona, San Francisco, Nueva York, Ámsterdam. En todas ellas, la ciudad sirve de escenario para los músicos y artistas. ¿Acaso no es la ciudad toda, un escenario cultural?

A ver, seamos más específicos: no estamos hablando sólo de un tipo con una guitarra arriba de una micro intentando un cover cualquiera –que por lo demás merece también todo nuestro respeto-, estamos hablando de big bands, de verdaderas orquestas, bandas y shows.

Hablamos de gente que sale con sus amigos a tocar a la calle, a la plaza, a veces ni siquiera por algo a cambio.Personas que se reúnen a compartir la maravillosa experiencia de la música, cuando muchas de ellas sólo han llegado a conocerse compartiendo esta clase de actividades públicas.

Miremos a nuestro alrededor: ¿dónde está nuestra música? Encerrada por ahí, guardada entre cuatro paredes. Es cierto, hemos visto esfuerzos de realizadores audiovisuales por rescatar –más difícil todavía aquí que en esas otras ciudades- algo de los pocos músicos callejeros que nos quedan por ahí. Pero no se trata de eso.

No se trata de ir a buscar debajo de la última piedra. Se trata, otra vez, de retomar el espacio público como espacio de participación social, de creación, de cohesión y esparcimiento. La música en las calles, en las plazas, en las veredas.

Vienen elecciones municipales. Hágase estas preguntas. Hágasela a los candidatos y candidatas. La mayoría suele creer que toda persona que practica un oficio en la calle es un delincuente. Un “potencial” delincuente dirán los que nunca dicen lo que piensan.

La calle es un lugar digno para el arte, démosle dignidad y respeto a los artistas callejeros. Hagamos un poco de arte callejero también nosotros mismos, como los estudiantes nos han ilustrado.

Aprovechemos el envión de los tiempos modernos para producir también los cambios simbólicos. Mire la película de Violeta Parra, estrenada ayer. Vea el documental. Inspírese.

Las calles son anchas, las veredas angostas. Toquemos por un cambio.