“Aunque resulta evidente concluir que el escenario actual no es diferente del que imperaba en los tiempos del surgimiento de la onda radial, las oportunidades de modificar la Realidad Radial Nacional se renuevan gracias a una ciudadanía orgánica, que toma los espacios públicos impulsada por sus intereses y ocupa con inteligencia los recursos de las nuevas tecnologías”, por Jaime Herrera. Ilustración por Sebastián Benson. Publicada en El Dínamo.

No era el público quien había esperado la radio, sino la radio la que esperaba al público.”

Bertolt Brecht, Teoría de la Radio (1927- 1932)

En tiempos en que la facultad de informar era un privilegio asociado a pequeños grupos de elite que dominaban la prensa escrita, una agrupación de trasandinos, con la convicción de borrar distancias territoriales y sociales mediante ondas electromagnéticas, inauguraba un nuevo canal de comunicación capaz de abordar necesidades culturales colectivas.

Diez años después, ya en 1930, Bertolt Brecht se entusiasmaba con la idea de impulsar un sistema radial público que se sostuviera en el intercambio cultural e informativo generado por los radioescuchas, quienes serían los principales convocados a participar de este nuevo espectro comunicacional.

Hoy en día, con varios años de desarrollo encima, eso que podríamos llamar la Realidad Radial Nacional, nos muestra una versión paradójica de la utopía del dramaturgo alemán.

Pese a la existencia activa de un universo de caudillos radiales que interpretan la insistencia de aquel anhelo, la batalla ha sido estéril, principalmente en lo que refiere a la legitimación de la práctica que lo representa: La Radio Comunitaria.

El modelo de radiodifusión comunitaria en Chile irrumpió en la década de los 60, mediante iniciativas autogestionadas que otorgaron a las colectividades una tribuna desde donde plantear sus particularidades, sus demandas ciudadanas y su producción musical, permitiendo la interacción de sus miembros en torno a ellas.

Durante la dictadura, como era de prever, este modelo fue asociado a células terroristas, y los organismos de inteligencia llevaron adelante una cacería de brujas que sólo encontró un respiro en 1994, con las modificaciones que en ese año se introdujeron en la normativa vigente, dando origen a la figura legal de radios de mínima cobertura.

Pero sólo fue un respiro aparente. El espectro radiofónico concedido por la reforma fue imperceptible; las condiciones técnicas, precarias; y la vía de concurso, sujeta al azar. Esto produjo que la gran mayoría de las radios que buscaron normalizar sus emisiones resultaran nuevamente excluidas de la legalidad, quedando relegadas a operar en calidad de piratas del dial. Así, la persecución se reanudó con una seguidilla de operativos policiales, violentas incautaciones de equipos radiales y sanciones penales para los emisores.

Los relegados se replegaron y, bajo una formalidad organizada y representativa, encausada por asociaciones nacionales y latinoamericanas, volvieron a dar pelea. Es así como, en 2010, consiguen que se promulgue la Ley de Radiodifusión Comunitaria Ciudadana, cuerpo legal que fue acompañado por una serie de modificaciones –o, para ser rigurosos, maquillajes- a la Ley General de Telecomunicaciones.

Sin perjuicio de los avances obtenidos, la variación dispuesta en el marco de acción de las radios comunitarias está lejos de ser significativa y, el acceso al dial, a años luz de ser democrático. Si bien las condiciones técnicas de difusión se incrementaron, la cobertura establecida es irrisoria y difiere radicalmente de la realidad general del resto del mundo.

En la mayoría de los países europeos y americanos, el dial se divide en tres sectores que diferencian emisoras estatales, comerciales y comunitarias, de forma equitativa. En Chile, a modo de ejemplo, la porción del dial sujeta a concesión de radios comunitarias en la Región Metropolitana, abarca del 105.9 al 107.9 MHz. En otras regiones la realidad es similar. Asimismo, las emisoras comunitarias están impedidas de establecer programación asociada (en cadenas regionales o nacionales). Esto promueve y facilita la hegemonía de las emisoras comerciales que ocupan las memorias de la radio de su auto.

La cómoda presencia en el dial de los grandes conglomerados, homogeniza el interés y el objeto de lo que se produce en el medio radial, monopolizando la explotación de un bien público. Esta posición se ve reforzada por el marco regulador, que relega a las radios comunitarias a hablar desde el margen (o la marginalidad, si se prefiere).

La realidad aquí retratada reviste interés público, pues las limitaciones descritas no sólo empujan a las radios comunitarias a la clandestinidad, sino que restringen también el legítimo acceso y la justa promoción de la diversidad en la producción cultural y musical que se forja en el territorio nacional.

Difícilmente este problema se zanje subsidiando la inclusión de un porcentaje determinado de música chilena en las radios comerciales, como se ha pretendido, ya que, como dicta la lógica, el material que se incorporaría a la programación radial comercial estaría sujeto al arbitrio del criterio que da nombre a este conjunto.

Aunque resulta evidente concluir que el escenario actual no es diferente del que imperaba en los tiempos del surgimiento de la onda radial, las oportunidades de modificar la Realidad Radial Nacional se renuevan gracias a una ciudadanía orgánica, que toma los espacios públicos impulsada por sus intereses y ocupa con inteligencia los recursos de las nuevas tecnologías.

Si consideramos que en la actualidad existen más de 500 radios comunitarias concesionadas y cientos más operan como radios clandestinas, aún es posible pensar en medios hechos para y por la ciudadanía.

La invitación es a tomar partido: si Usted es artista o aficionado, piensa lanzar un disco, publicar un libro o recitar algo; si es parte de un sello independiente o de un colectivo autogestionado, averigüe qué radios comunitarias operan en su región, potencie esa vía de intercambio, genere redes colaborativas y lance sus producciones a la punta del cerro. Desde ahí, rodarán cumbre abajo.

Publicado en El Dínamo.