“Surgieron un montón de bandas que plagaron la escena, dejando obsoleto el antiguo orden impuesto por los grandes sellos, que no tuvieron capacidad para hacerse cargo del volumen. No había tiempo para ser “descubierto”: las bandas emergentes comenzaron a generar sus propios canales de distribución, a producir sus propias tocatas y a editar sus propios discos”, por Patricio Larraín. Ilustración por Sebastián Benson. Publicada en El Dínamo.

No hay duda que la música es uno de los medios artísticos más directos y efectivos que existen para llevar un mensaje al receptor. Sin desmerecer a otras formas de arte, la música, combinando ritmos, tonos y letras, se infiltra en nuestras mentes modificando incluso nuestra opinión y percepción acerca de las cosas.

Desde la explosión de la era radial en los 50, la música ha sido parte de todas las transformaciones culturales vividas hasta nuestros días. Es el soundtrack de la contracultura, de la rebeldía ante lo impuesto, siempre adelantándose y transformando lo establecido. Los movimientos antibélicos de los 60, inspirados en las letras de Dylan, la posterior revolución de los hippies, o el surgimiento del Punk a fines de los 70, con los Sex Pistols desquitándose con la Reina, son ejemplos irrefutables de la profunda transformación social que puede detonar una canción.

Para qué hablar del rol que jugó la música negra en la reivindicación de su propia raza. Se requirió de Coltrane, Hendrix, Aretha, Miles Davis y James Brown, entre muchos otros, para hacer entender al estúpido hombre blanco que el hombre negro era un igual.

Muchos, como Chuck Berry, se vieron forzados a ceder su lugar en la Historia del Rock a quienes resultaban más amables a la vista de productores, propietarios de sellos y estaciones de radio, Elvis incluido. Y aunque hoy todos sabemos quién es el verdadero Rey del Rock n´Roll, desde los inicios estas situaciones eran comunes: el sello decidía qué canción editar, qué letra tolerar y qué carátula publicar, relegando al músico al rol de máquina de hacer canciones, siempre bajo la amenaza de ser rápidamente desechado si éstas no conseguían mantenerse en las listas de Billboard.

El surgimiento de nuevas bandas dependía de la opción remota de ser descubierto por alguno de los grandes sellos reinantes, las que además debían someterse a la voluntad de los viejos productores, quienes muchas veces no tenían la capacidad de visualizar las nuevas tendencias y terminaban contratando únicamente a las que prometían un éxito comercial seguro.

A mediados de los 70, el panorama musical estaba dominado por mega bandas, como los Stones, Led Zeppelin, Deep Purple y Pink Floyd. Atrás quedaron un montón de bandas pequeñas, que tras un disco editado no lograron alcanzar su destino. El estado de las cosas volvería a transformarse hacia fines de la década: las mega bandas y sus elaboradas canciones de larga duración serían reemplazadas por la simpleza de los 3 acordes que impondría un nuevo estilo denominado Punk. Bandas como Ramones, los Pistols o los Clash, rescatarían la raíz del rock de los 50 y 60, dando un esperanzador mensaje, simple y claro: CUALQUIERA PUEDE TOCAR.

Surgieron un montón de bandas que plagaron la escena, dejando obsoleto el antiguo orden impuesto por los grandes sellos, que no tuvieron capacidad para hacerse cargo del volumen. No había tiempo para ser “descubierto”: las bandas emergentes comenzaron a generar sus propios canales de distribución, a producir sus propias tocatas y a editar sus propios discos.

Como respuesta a este fenómeno, surgieron también nuevos sellos, como SST, fundado por el guitarrista de Black Flag, Greg Ginn en 1978, quienes junto con editar a bandas emblema del movimiento punk, como Descendents y Bad Brains, albergaron a bandas que influirían y definirían el rock de los 90, como Sonic Youth, Dinosaur Jr. y Meat Puppets.

SST llegó a sacar 80 discos en 1987, cifra imposible de alcanzar por las grandes disqueras. Aún así, no se sabría de ellos a nivel mundial hasta varios años después, dada la influencia fundamental que sus discos ejercieron sobre la siguiente generación. Otro ejemplo emblemático: SUB POP, sello formado en 1986, que sería el responsable de la masificación de la escena de Seattle, con bandas como Soungarden, Mudhoney y Nirvana. Probablemente nadie sabría de sellos independientes si no fuera porque SUB POP editó Bleach de Nirvana en 1989, generando un éxodo masivo de bandas independientes a los grandes sellos comerciales, cambiando la historia de la música para siempre.

En la actualidad, con las descargas de Internet y la crisis de los soportes físicos, los grandes sellos están en retirada. Pero la necesidad de hacer música y difundirla no se agota. Existen iniciativas a nivel local que han dado frutos, como la Corporación Fonográfica Autónoma (CFA), fundada por miembros de Fiskales Ad Hok a mediados de los 90, que editó títulos de Hielo Negro, Yahaira, Tabernarios, Griz y otras bandas independientes que llegaron incluso a girar por Europa; o Algo Records, fundada por los hermanos Gómez a principios del 2000, para albergar a un buen número de bandas de la escena del momento, entre ellas algunas de las que definen la actualidad chilena de exportación rockera, como Perrosky y Ganjas. Ambos sellos son ejemplos de cómo hacer algo de manera libre, con las propias manos.

La invitación es a hacerse cargo de la inquietud, no quedarse sentado esperando a que alguien venga a hacer algo por tu banda, porque no va a pasar. En vez de esperar y soñar, HAZLO TU MISMO.